Los hombres flacos, corrientemente, suelen ser precisos, infatigables e incómodos; los hombres gordos, por el contrario, vagorosos, inciertos y divertidos. Los primeros suelen actuar furiosamente por el compás y la regla; los segundos operar a ojo, con una gesticulación graciosa e imprecisa. Si estuviese gordo, me dedicaría, probablemente, a los pequeños, insignificantes placeres de comer y beber e iría cada anochecer al café a dormir un rato y, entre cabeceo y cabeceo, hablaría, si viniese a mano, con mis amigos. Diría cosas delicadas e inciertas, cosas medio hilvanadas, apenas sugeridas; tendría un trato ligero e imperceptible; haría, como suelen hacer los gordos, una intrascendente bromita del muerto y de quien lo vela, con tal de que el muerto pudiese llegar al otro mundo liberado del envaramiento de las esquelas y los vivos tuviesen la sensación y pudiesen ver con sus propios ojos mi gran fondo de bondad y debilidad. Si alguno formulase contra mí alguna impertinencia, ni me levantaría de la silla, porque no hay nada más incómodo para un gordo, que levantarse de la silla, o sillas, que ocupa sobre la tierra. Sí, señora, sí; la cantidad imprime carácter, la cantidad no puede juzgarse con las normas habituales del sentido del ridículo.
Es decir: Un hombre gordo consiste en un ser que arrastra, él personalmente, una gran cantidad de sentido del ridículo ineluctible, inescamoteable, definitivo, que soporta y arrastra la vida. En este sentido, un hombre gordo está en condiciones excepcionales para ser buena persona, para tener la vanidad mínima, para ver el mundo como un espectáculo fatalmente injusto, extraño a toda idea de exactitud y perfectibilidad imposible.
Josep Pla, El Cuaderno Gris
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